Mi nombre es Jaime, tengo 30 años y desde hace 10 años trabajo como jefe de administración en una sociedad agraria en la provincia de La Rioja (España).
Hace aproximadamente un año, había un congreso de cooperativas agrarias en Madrid, y mi jefe, vamos a llamarlo Luis, tenía que realizar una ponencia. Me encargó que reservara una habitación doble en un hotel. Una vez que tenía hecha la reserva, me preguntó si quería que le acompañase. Evidentemente, le dije que sí, por que sólo eran dos días y mi mujer no pondría ningún inconveniente. Lo de dormir en la misma habitación no me importó en absoluto, por que era mejor para poder trabajar en la habitación, ya que tenía que ultimar la ponencia, y por estar acompañado.
Pero cual fue nuestra sorpresa, de Luis y mía, cuando entramos a la habitación del hotel y vimos que sólo había una cama doble y no dos camas como pedimos en un principio.
Bajamos a recepción para que nos la cambiaran, pero había en Madrid otros congresos y estaba el hotel abarrotado. Preguntamos en otros hoteles y lo mismo. Lo único que encontramos fué una habitación individual en otro hotel, que estaba a más de media hora del otro hotel.
De mutuo acuerdo, decidimos quedarnos en esa habitación doble, compartiendo también la cama. A mí, me resultaba muy violento dormir en la misma cama con mi jefe, pero no había otro remedio.
Después de una ducha, por separado, bajamos a cenar, para luego subir a repasar la ponencia y dormir para estar frescos a la mañana siguiente. Durante todo el rato que estuvimos trabajando, no di importancia alguna a lo de dormir con mi jefe, pero cuando llegó el momento de ir a dormir, volví a sentirme incómodo. Hubiera deseado no haber ido a Madrid.
Luis se fué a un lado de la cama y empezó a desnudarse con toda naturalidad. Yo me dirigí al otro lado e hice lo mismo. Me puse de espaldas a él, me quité los pantalones y los calzoncillos y rápidamente me metí el pantalón del pijama, luego me quité la camisa. Yo sólo duermo con el pantalón del pijama. Di media vuelta para meterme en la cama y vi a Luis, encima de la cama, totalmente largo, con la piernas abiertas y las manos bajo su cabeza. Tan sólo llevaba unos slips blancos muy ajustados que le marcaban todo el paquete. Me ruboricé al verlo y aparté la vista de él. Era la primera vez que le veía semidesnudo, pero en ese breve intervalo vi su cuerpo atlético, su pecho cubierto de pelo negro, al igual que sus piernas. En otras palabras, a pesar de tener casi los 40 años, tenía un cuerpo de modelo.
A diferencia de Luis, que mide sobre 1,85 m., yo solo mido 1,65 m. y mi cuerpo es delgado, aunque fibroso y totalmente lampiño. Sentí envidia de su cuerpo, pero no por poseer su cuerpo sino por el hecho de no tener yo ese cuerpo.
Me dirigí al baño. Cuando salí, Luis seguía en la misma postura y no me quitaba el ojo de encima, mientras yo esquivaba su mirada. Era la primera vez que evitaba sus miradas, ya que llevo 10 años trabajando con él y había confianza entre nosotros, a pesar de ser mi jefe. Me tumbé en la cama, a su lado, sin dedicarle una sola mirada. Yo sentía que él no dejaba de observarme.
Se dió media vuelta en la cama, mirandome a mí, y dijo:
- ¿Te da vergüenza verme desnudo? Te he estado observando. Estás ruborizado y tu mirada es esquiva.
En ese momento me ruboricé más, por no saber que contestar y por la vergüenza de que se me hubiera notado.
- No. No me.... da ver...güenza.. -tartamudeé.
Luis se rió. Pero al momento se calló y empezó a acariciar mi pecho. Le miré sorprendido. Tenía su mirada clavada en mis ojos y una sonrisa cautivadora que me impedía negarme a sus deseos. Luis se acercó más a mí, uniendo nuestros cuerpos, al igual que hicieron nuestros labrios. Su mano seguía recorriendo mi pecho y en ocasiones bajaba hasta mi entrepierna, para acariciar mi pene por encima del pantalón del pijama. Me excité como hacía tiempos que no lo hacía. Mi consciencia me decía que no lo hiciera, pero por otro lado estaba en la gloria.
Aprovechando un momento que separó sus labios de los míos, me dí media vuelta, dándole la espalda y encogiendo mi cuerpo. Luis se quedó quieto un momento, pero pronto noté que sus brazos se deslizaban por mi cintura, abrazándome y pegaba su pecho a mi espalda, mientras me besaba dulcemente en el cuello y mordisqueaba mis orejas.
Sentí su corazón acelerado latir sobre mi espalda. Sus manos intentaban separar mis piernas para llegar a mis genitales. Poco a poco me fui relajando y dejándole hacer, aún sabiendo que luego me iba a arrepentir.
El caso es que al cabo de un rato, yo estaba en la cama, mirando al techo, sin pantalones y con mi pene en la boca de Luis. Nunca me había sentido mejor, era la primera vez que me hacían sexo oral, a pesar de llevar saliendo casi ocho años con mi mujer. Luis me cruzó en la cama y se situó encima de mí, en posición de 69. No voy a decir que tenía un pene enorme por que mentiría. Era de un tamaño normal, al igual que el mío. Me lo metí en la boca. En la primera sacudida que me dió, casi me hace vomitar. Era una sensación muy rara para mí, pero me acostumbré enseguida.
Le avisé a Luis que me corría, para que sacase mi pene de la boca, pero cual fue mi sorpresa cuando se tragó todo el esperma que salió para luego relamer mi pene. ´Sin tomerse un descanso, lamió mis testículos y poco a poco fué estirándose hasta que su lengua se posó en mi ano. En ese momento pensé morirme del gusto. Estaba ensalivando toda la entrada a mi ano, mientras empezaba a introducir sus dedos. Cuando estuve dilatado, con mucha dulzura me penetró, eyaculando dentro de mí.
Fué la mejor relación sexual de toda mi vida. En ese momento pensé que mi vida no iba a cambiar por ese escarceo con mi jefe, pero cambió por completo. Pensé que no volvería a tener relaciones sexuales con Luis, pero él me buscaba todos los días, y pese a mis negativas, conseguía de mí lo que quería. Empecé a acostumbrarme a ser follado por mi jefe y, también a gustarme. Poco a poco dejé de tener relaciones con mi mujer, por que Luis me exprimía tanto que no me quedaban ganas de hacer el amor con ella. Dejé el trabajo para salvar mi matrimonio, pero fué peor por que no paraba de pensar en Luis y me deprimía.
Ahora, estoy divorciado. Intenté hablar con Luis, pero no me perdonó que me fuera, por lo menos me queda el consuelo de que he encontrado un trabajo tan bueno como el anterior y que sólo vivo para y con mi nuevo jefe.
Un saludo
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